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La desconexión entre el poder, los medios y la gente

Desde hace varios meses, gran parte de los medios de comunicación arraigados en la sociedad mexicana, se han enfrascado en un debate público contra las autoridades federales mientras el ciudadano promedio, se ha visto en medio sin tomar partido claro por uno u otro, prefiriendo en muchas ocasiones, acudir a nuevas voces que si bien no tienen la trayectoria ni el respaldo sistémico, si poseen algo que se ha ido diluyendo del escenario común, credibilidad e intentos de ser imparciales en un mundo que parece empujar las opiniones a los extremos o a tomar partida ciega ante contextos que exigen una visión gris o más neutral.

Es aquí donde se debe empujar a que se reconozcan los errores en ambas narrativas, donde por un lado, tenemos un consorcio de medios tradicionales que buscan un desgaste frecuente sin un argumento que pueda conectar con las audiencias que los siguen, se olvidan de ser un vínculo con los hechos que se viven y un espacio de reflexión, para buscar construir narrativas que los beneficien a cualquier costo, llevando a los límites la comunicación del día a día y representando escenarios catastróficos que la audiencia suele percibir como sensacionalistas.

Por otro lado, tenemos autoridades, que buscan voltear a otro lado cuando un problema perjudica su posición gubernamental, acusando un golpeteo mediático o cayendo en un negacionismo que sin duda, ha abonado a generar una ruptura sutil con el ciudadano común.

Esta creciente polarización no es nueva, desde la administración anterior encabezada por Andrés Manuel López Obrador, se buscó que todos los espacios tomarán partido de forma definitiva y aunque bien es cierto que cada criterio editorial se encuentra cargado de opiniones personales y hasta comerciales, es absurdo intentar reducir a blanco y negro circunstancias u opiniones tan complejas como las que se viven en la vida diaria de nuestro país.

Esta situación de amigos, enemigos, aliados y contrincantes, deslumbran a la ciudadanía y suelen alejar de la opinión pública lo que casi siempre suele ser la tercera vía, la vía del desarrollo común. Es por ello que resulta indispensable la necesidad de construir una comunicación más transparente, autocrítica y enfocada en soluciones más que en los problemas.

Esto solo puede lograrse abordando desde una visión neutra los grandes problemas nacionales como lo son la economía, la seguridad, los servicios públicos y la política social. Es aquí donde se hace indiscutible intentar recuperar la visión de un periodismo crítico, independiente (en la medida de lo posible) y cercano a las problemáticas ciudadanas de la población.

De no ser así, continuará la narrativa que se ha construido desde hace varios años, donde la desconfianza hacía los medios y autoridades genera apatía y desinformación o incluso una radicalización social que más que ayudar al progreso y la transformación, termina por perjudicar a la sociedad de cualquier comunidad a cualquier nivel.

A esta dinámica también se suma el impacto de las redes sociales y los algoritmos digitales, que suelen premiar los discursos más emocionales, confrontativos y polarizantes. En este entorno, la atención se convierte en moneda que puede ser explotada, tanto para actores políticos como para los medios de comunicación, quienes terminan adaptando sus narrativas a la inmediatez y al impacto, dejando en segundo plano la profundidad, el análisis y el contexto.

Al día de hoy, no podemos negar que el mexicano se encuentra viviendo la polarización de la opinión pública, donde los discursos repetitivos abundan por un lado y las críticas infundadas y sensacionalistas se difunden por el otro. Ambos discursos, más que presentar soluciones a corto, mediado o largo plazo, están centrado explotar o monetizar los problemas actuales, justificando culpas del pasado sin resultados visibles a problemas actuales.

México difícilmente encontrará estabilidad mientras el debate público continúe convertido en una batalla permanente entre narrativas. El verdadero desafío no es decidir quién tiene la razón absoluta, sino construir espacios donde la crítica, la autocrítica y el diálogo permitan encontrar soluciones reales a los problemas que siguen afectando la vida cotidiana de millones de ciudadanos.

Omar Valencia

Analista, redactor y escritor a tiempo parcial, apasionado de la tecnología

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