* Luto en los cuarteles, celebración en la plaza pública.
* Entre el duelo militar y la fiesta oficial.
* ¿Homenaje o silencio? El reclamo por los elementos del Ejército caídos.
Por momentos, pareciera que en México el dolor camina por un carril distinto al de la agenda pública. Hace apenas unos días, elementos del Ejército Mexicano perdieron la vida en cumplimiento de su deber. Soldados que salieron de casa con uniforme y convicción, y que regresaron convertidos en bandera doblada y silencio.
¿Qué estarán sintiendo hoy sus madres, padres, esposas, hijos y compañeros de armas? ¿Qué pasa por la mente de quienes compartieron guardias, operativos y riesgos constantes? El duelo militar no es un espectáculo; es íntimo, profundo y permanente. Es la ausencia en la mesa, la llamada que no volverá, el abrazo que quedó pendiente.
Sin embargo, mientras esas familias apenas comienzan a aprender a vivir con la pérdida, el país observa actos oficiales y celebraciones masivas en el Zócalo de la Ciudad de México. La imagen contrasta inevitablemente con el luto. No se trata de cuestionar el derecho a la convivencia pública, sino el momento y el mensaje.
Porque el contexto no es menor. En Uruapan, Michoacán, se cumplen cuatro meses del asesinato del alcalde Carlos Manzo, un caso que sigue envuelto en dudas y reclamos de mayor claridad. En Jalisco y Sinaloa, la violencia continúa marcando la vida cotidiana de comunidades enteras. El saldo no son cifras: son nombres, rostros e historias truncadas.
La pregunta que flota en el ambiente es incómoda, pero necesaria: ¿qué necesita hoy el país para recuperar la paz? ¿Celebraciones o señales firmes de justicia? ¿Discursos o resultados? Para las familias de los soldados caídos, la respuesta es evidente. Ellas no necesitan música ni luces; necesitan reconocimiento, respeto y la certeza de que el sacrificio no fue en vano.
Hay quienes evocan la vieja frase del “pan y circo” cuando la distracción parece imponerse sobre la reflexión. Pero más allá de consignas, lo que está en juego es la sensibilidad institucional. Gobernar también implica saber leer el ánimo social y acompañar el dolor colectivo.
El duelo no puede convertirse en una nota al pie. Los elementos del Ejército que dieron su vida por el país merecen algo más que menciones protocolarias. Merecen memoria viva, justicia efectiva y un liderazgo que entienda que, antes que cualquier celebración, está la obligación moral de honrar a quienes ya no están.
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