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¿Hay un ganador en la muerte del Mencho?

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, ocurrida tras el operativo del domingo, abre más preguntas que respuestas. La versión oficial habla de un despliegue encabezado por la Secretaría de la Defensa Nacional, con participación de la Fiscalía General de la República, la Guardia Nacional y el Centro Nacional de Inteligencia, además del intercambio de información con agencias estadounidenses.

Pero en política —y más aún en seguridad nacional— lo que no se dice pesa tanto como lo que se informa.

Llamó la atención la ausencia en el comunicado de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, encabezada por Omar García Harfuch, así como de la Secretaría de Marina, institución que históricamente ha tenido protagonismo en operativos de alto perfil contra líderes del narcotráfico.

El mérito fue concentrado en la Sedena, con respaldo de inteligencia de Estados Unidos. Medios como Breitbart News, ABC News y Fox News señalaron que hubo participación activa o asesoría de agencias norteamericanas, incluyendo entrenamiento y tecnología de geolocalización avanzada. De confirmarse, estaríamos ante una operación binacional de alto nivel.

La pregunta política es inevitable: ¿quién gana con que el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación no llegue vivo a una corte estadounidense?

Un capo muerto no declara. No negocia. No revela pactos, omisiones ni complicidades. Un capo muerto cierra expedientes incómodos… o al menos los vuelve más difíciles de probar.

En el tablero político, la presión internacional es un factor clave. El antecedente de las tensiones con Donald Trump marcó una etapa donde el combate al narcotráfico fue tema central en la relación bilateral. Hoy, cualquier gesto contundente contra el crimen organizado tiene lectura externa inmediata.

Para la presidenta Claudia Sheinbaum, el escenario es complejo. Si el operativo fue resultado de cooperación eficaz, se fortalece el discurso de coordinación internacional. Pero si la narrativa pública se inclina hacia la sospecha de “rupturas”, “traiciones” o ajustes internos, el costo político puede multiplicarse.

En medio queda también la herencia política de Andrés Manuel López Obrador y el proyecto de la llamada Cuarta Transformación. La oposición intentará instalar la versión de que la muerte evita revelaciones incómodas; el oficialismo defenderá la tesis de un golpe estratégico al crimen organizado.

Lo cierto es que cuando cae un líder criminal de este tamaño, nadie mueve una pieza sin cálculo previo. El vacío de poder en el cártel puede desatar reacomodos violentos. La narrativa pública puede volverse arma política. Y la relación México–Estados Unidos vuelve a colocarse en el centro del debate.

¿Hay un ganador?

En el corto plazo, el Estado presume eficacia. En el largo plazo, la estabilidad dependerá de lo que venga después: sucesiones internas, reacciones violentas y, sobre todo, de la capacidad institucional para sostener el golpe sin que el vacío lo llene algo peor.

En política, como en el ajedrez, a veces la pieza que cae no es la última jugada, sino apenas el inicio de una partida más compleja.

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