Un mes ha pasado desde aquella noche que fracturó para siempre el ánimo de Uruapan. Treinta días desde que el presidente municipal Carlos Alberto Manzo Rodríguez, el hombre que caminaba sin escoltas y que hablaba sin miedo, cayó asesinado durante un evento público. Treinta días desde que el silencio sustituyó a una voz que incomodaba a muchos y que, para miles, representaba esperanza.
Hoy, la ciudad sigue en pausa. En luto. En una mezcla insoportable de rabia, dolor y desamparo.
Un crimen sin respuestas.
A pesar de las detenciones realizadas en los primeros días, el caso sigue sin esclarecerse. No hay una narrativa oficial sólida, no hay responsables plenamente identificados, no hay un cierre que calme el desasosiego de la gente.
La ciudadanía lo dice con cansancio:
“No sabemos nada. No hay avances. No hay claridad. ¿Quién y porque mataron a Carlos Manzo?”
Las autoridades hablan de investigaciones en curso, pero la realidad en las calles es otra: un vacío de información, una sensación de que la justicia camina lento mientras el miedo avanza rápido.
Una ciudad que se siente huérfana.
Uruapan no solo perdió a su presidente; perdió a una figura que, para muchos, representaba dignidad en tiempos de violencia. Carlos Manzo era incómodo —para el poder, para la delincuencia, para cualquiera que se beneficiara del silencio—. No se guardaba nada. Exigía seguridad aun cuando eso lo ponía en riesgo. “Sin pelos en la lengua”, dicen quienes lo conocían.
Su muerte dejó algo más que un hueco político.
Dejó un hueco emocional, palpable en cada esquina.
En los parques, los comerciantes hablan en voz baja.
En los taxis, los choferes lo recuerdan con nostalgia.
En las colonias, la ausencia se siente como si la ciudad hubiera perdido su defensa principal.
Hay un ambiente de incertidumbre que envuelve todo: la gente sale, trabaja, camina… pero lo hace con la sensación de que algo se rompió y aún no se recompone.
Y en medio de esa rutina forzada, la melancolía se convierte en un visitante permanente.
La noche que cambió todo.
Para muchos habitantes, pensar en el 1 de noviembre duele. No fue solo un asesinato; fue un mensaje. Un recordatorio de que incluso las figuras más visibles, más vocales, más cercanas al pueblo, pueden ser silenciadas.
Desde entonces, Uruapan vive con el peso de una herida que todavía no cicatriza.
Una herida que sangra cada vez que se menciona su nombre.
Una herida que se siente en los abrazos largos, en los rostros cansados, en la gente que aún pregunta “¿por qué?”.
El presidente del Sombrero, el hombre que falta.
Para la gente, Manzo no era solo el alcalde: era el Presidente del Sombrero, un símbolo y un estilo. Un hombre que llegaba sin poses, que caminaba entre la gente, que tenía tiempo y palabras para quien quisiera hablarle.
Hoy, su sombrero se convirtió en un emblema de ausencia.
Un recordatorio de lo que se perdió.
Un eco de lo que él intentó construir.
“Se extraña su valentía”, dicen los ciudadanos. “Se extraña su manera de hablar claro”. “Se extraña que alguien nos defendiera”.
Y detrás de cada frase, lo mismo:
un duelo que no termina.
Un pueblo que clama justicia.
A un mes del crimen, las marchas, altares y vigilias se repiten. La voz de la comunidad es una sola: justicia. No discursos, no promesas, no comunicados vacíos: justicia real, justicia tangible, justicia que traiga paz.
La exigencia no es política: es humana.
Es la necesidad de cerrar un capítulo que sigue abierto y que duele cada día más.
Treinta días después, la historia no ha terminado
Treinta días después, Uruapan sigue esperando respuestas.
Treinta días después, no hay claridad.
Treinta días después, el miedo convive con la nostalgia y el coraje.
Carlos Manzo ya no está.
Pero su ausencia pesa, se siente, respira entre las calles.
Y mientras no haya justicia, Uruapan seguirá viviendo este mes una y otra vez.
Porque no se puede sanar lo que no se esclarece.
Porque no se puede olvidar lo que sigue doliendo.
Porque la ciudad entera, un mes después, sigue exigiendo verdad.
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