En Uruapan, la violencia ya no sorprende. Lo que sorprende es la normalización del miedo. Han pasado más de dos meses desde que se anunciaron con bombo y platillo el Plan Michoacán y el Plan Paricutín, y en las calles la realidad sigue intacta: inseguridad, hartazgo y una ciudadanía que dejó de creer.
El Gobierno Municipal insiste en que hay acciones permanentes, coordinación con los tres niveles de gobierno y análisis constante de la percepción ciudadana. Todo suena bien en el papel. El problema es que la tranquilidad no se mide en comunicados, sino en colonias donde la gente pueda salir sin miedo y regresar con vida.
En su momento el ex presidente municipal, Carlos Manzo, fue claro desde el inicio: este no es un problema nuevo, arrastra más de 25 años. Tenia razón. Pero hoy ese argumento ya no alcanza. El pasado explica, pero no justifica. Y mucho menos calma a quienes viven con el temor diario de no volver a casa.
La violencia que hoy golpea a Uruapan no ocurre en el vacío. Datos nacionales muestran que la inseguridad se ha vuelto parte del entorno cotidiano en gran parte del país: una proporción importante de la población ha sido testigo de robos o asaltos cerca de su hogar, miles de personas escuchan detonaciones de arma de fuego con frecuencia y la presencia del narcomenudeo en calles y colonias es una escena común en numerosas ciudades. Este contexto confirma que el problema es estructural y nacional, pero también deja claro que su impacto se vive, se sufre y se enfrenta en lo local.
“Planes hay muchos, pero nosotros seguimos enterrando gente”, dice un comerciante del centro. Esa frase pesa más que cualquier estadística. Porque mientras las autoridades hablan de estrategias, la ciudadanía habla de ausencias. “Aquí solo vemos patrullas cuando ya pasó algo”, repiten vecinos de distintas colonias, como si fuera una consigna aprendida a fuerza de decepciones.
La coordinación entre corporaciones federales y estatales no se traduce en paz para las familias. A las madres no les sirven los discursos cuando tienen que encerrar a sus hijos antes de que caiga la tarde. “Nos piden paciencia, pero la paciencia no nos protege”, dicen. Y tienen razón. La paciencia no detiene balas ni ahuyenta al crimen.
Lo más grave no es solo la violencia, sino que el miedo se volvió costumbre. Ese es el verdadero fracaso de cualquier estrategia de seguridad: cuando la gente deja de indignarse porque ya aprendió a vivir con el terror.
Uruapan no necesita más planes con nombres rimbombantes ni excusas heredadas. Necesita resultados. Presencia real, acciones contundentes y autoridades que asuman su responsabilidad sin esconderse detrás del pasado ni de cifras maquilladas.
“No queremos más planes, queremos vivir en paz”, resume un vecino del oriente de la ciudad. No es una exigencia exagerada. Es lo mínimo. La violencia no espera, y Uruapan ya esperó demasiado.
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