Durante los últimos años, la política michoacana comenzó a cobrar más visibilidad en la opinión pública de nuestro país. No es que el estado de Ocampo nunca tuviera los reflectores sobre sí, ya que en los últimos sexenios la entidad se ha vuelto protagonista más de una vez, casi siempre por razones relacionadas con el ámbito de la seguridad. En ese sentido, Michoacán ha sido tema nacional de forma reiterada, pero casi siempre desde el mismo encuadre: crisis, tensión, riesgos y un escenario que vuelve una y otra vez a colocarse en el centro de la conversación pública.
Sin embargo, fue durante el boom mediático de Uruapan, encabezado por el ex edil Carlos Manzo, cuando la política comenzó a volverse parte del escenario público de nuestro país de una manera distinta. La capacidad del ex edil uruapense para volverse viral y generar eco en el escenario mediático no solo amplificó su figura, sino que empujó la conversación hacia el terreno político, más allá de la nota de seguridad. Ese eco, que se multiplicó en diferentes momentos, logró que gran parte de la ciudadanía volteara a ver a una de las zonas más productivas y complejas del país desde otra perspectiva, con un interés que ya no era únicamente coyuntural.
El impacto del alcalde provocó que la política michoacana fuera abordada por noticieros nacionales en varias ocasiones, y no como una mención secundaria o un simple contexto. La exposición se sostuvo, creció y alcanzó su cúspide cuando ocurrió el lamentable atentado donde fue asesinado. A partir de ahí, el tema dejó de ser una dinámica local para colocarse como parte de un clima nacional donde se cruzaron indignación, tensión y preguntas de gobernabilidad, justo en un momento en el que el país observaba con atención lo que ocurría en el estado.
Además, no debemos olvidar que, ante un escenario carente de una oposición real, la voz de Carlos Manzo se posicionaba como una propuesta que crecía aceleradamente en una región que se ha visto sumida en conflictos que no se han podido resolver de una forma u otra, pese a los cambios de gobierno. En esa ruta, la figura del alcalde se movía entre el discurso, el choque, el posicionamiento y la polémica, con un ritmo que no es común dentro del ruedo político michoacano cuando se trata de atraer reflectores nacionales.
Con esto, el sisma provocado por el magnicidio y las polémicas declaraciones del alcalde, que evidenciaban claramente sus roces y pretensiones políticas, llevaron al ojo del huracán nombres que antes solo permanecían dentro del ruedo político michoacano, no nacional. Lo que antes se discutía en clave interna, de pronto se expuso ante los ojos del país, en medio de un ambiente cargado, con lecturas encontradas y con un escenario donde la seguridad en Michoacán volvía a ser tema nacional, pero ahora con un componente político/electoral más marcado.
Fue así como figuras de varios representantes del partido en el poder como Leonel Godoy, Raúl Morón y Nacho Campos pasaron a ser señalados según declaraciones públicas de la alcaldesa de Uruapan Grecia Quiroz, el diputado local Carlos Tafolla y hasta el subsecretario de Gobierno Juan Manzo, en medio de un clima electoral, político y de gobernabilidad convulso.
Todo esto, mientras los ojos del país observaban atentos cómo la seguridad en Michoacán volvía a ser tema nacional y se expandía una ola de indignación en el estado. En ese punto, la política dejó de moverse solo en acuerdos y disputas internas: comenzó a sentirse como un tablero expuesto, con nombres, tensiones y consecuencias que se volvieron parte de la conversación pública.
Con este escenario, bien podemos decir que en Michoacán se está por librar la primer confrontación real que enfrentará Morena en el rubro político/electoral fuera de su partido. No se trata únicamente de una disputa de nombres o de posicionamientos, sino de una confrontación que se alimenta de un entorno convulso, donde la gobernanza de la entidad se observa con lupa y donde cualquier movimiento genera eco. La propia dinámica del estado, con sus conflictos persistentes y su desgaste acumulado, vuelve más delicado cada paso y cada señal que se emite hacia la opinión pública.
Esto, mientras se libra una batalla interna dentro de Morena, una batalla que ha cimbrado al Movimiento fundado hace apenas unos años y que sin duda ha tenido sus consecuencias (en menor o mayor medida) en la gobernanza de la entidad y los acuerdos políticos que, de una forma u otra, han tenido cimbrada la vida política michoacana e incluso nacional. En medio de esa batalla interna, los equilibrios se vuelven frágiles, los acuerdos se tensan y el escenario político/electoral se carga de lecturas que no siempre son claras, pero sí constantes.
Al final, lo que se observa es una transición: de un Michoacán que aparecía ante el país casi únicamente por seguridad, a un Michoacán donde la política también se volvió tema nacional, con nombres, roces, pretensiones, clima electoral y gobernabilidad en disputa. Ese cambio de encuadre no es menor, porque implica que la conversación pública ya no se limita al hecho inmediato, sino que se extiende hacia lo que se decide, lo que se negocia y lo que se confronta dentro y fuera del partido en el poder.
Y con esto, el estado entra a una etapa en la que el ojo del huracán no se irá pronto: la confrontación real y la batalla interna seguirán marcando el ritmo, mientras la ciudadanía y los noticieros nacionales observan atentos. Lo que ocurra en Michoacán, en su vida política y en sus acuerdos políticos, volverá a tener eco nacional, y esa visibilidad (que antes era ocasional y más fugaz) hoy parece instalada como parte del escenario público de nuestro país. En otras palabras: lo que venga en Michoacán no se va a definir en silencio, sino frente a la mirada de todo el país.
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