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A un mes de «La Marcha del sombrero»

El 07 de noviembre de 2025, Uruapan se paralizó. Ese día se cumplía una semana desde la muerte del alcalde en turno, Carlos Manzo Rodríguez. La ciudad, su ciudad, seguía enfurecida ante el sismo político y emocional que significó el magnicidio del edil en el corazón del municipio. La indignación fue tal que cámaras empresariales, organizaciones civiles, sindicatos y ciudadanía en general convocaron a una marcha que ha pasado, al menos con la información disponible, como una de las más grandes que se hayan visto en Michoacán.

La indignación nacional

El atentado contra el alcalde de Uruapan se volvió noticia nacional en cuestión de horas. No era para menos: durante los últimos meses, el presidente municipal había aparecido en titulares nacionales debido a su llamado frecuente al gobierno federal y a sus polémicas declaraciones sobre seguridad. Además, las circunstancias en las que ocurrió el ataque (en el corazón de la ciudad y durante una de las celebraciones más importantes del año) lo convirtieron en un acontecimiento que tocó el ánimo de buena parte de la ciudadanía mexicana. Así, apenas unos momentos después de confirmarse su fallecimiento, Carlos Manzo se convirtió en noticia nacional e incluso internacional.


La molestia social fue tal que, un par de días después, se registraron revueltas en varias ciudades, incluyendo Uruapan, Apatzingán y Morelia. La tensión llegó a tal nivel que Grecia Quiroz, actual alcaldesa sustituta, tuvo que hacer un llamado a la paz para intentar contener el ánimo crispado de la población.

Una marcha histórica

Pero no todo terminó con los disturbios. La ciudadanía y diferentes sectores organizaron una marcha que hoy puede considerarse histórica para Michoacán. A partir de las 09:00 horas, el contingente comenzó a reunirse en una de las principales avenidas y, poco después del mediodía, logró superar un número de manifestantes que osciló entre los 60 y 120 mil asistentes en una ciudad con poco más de 350 mil habitantes; es decir, cerca de un cuarteto de la población salió a las calles a repudiar el magnicidio.

Para dimensionar esa cifra, basta revisar lo que ha ocurrido en las últimas dos décadas en el estado, con los datos que se han documentado en notas de prensa y crónicas periodísticas. En 2013, por ejemplo, Uruapan ya había sido escenario de una gran movilización: la marcha por la paz del 18 de mayo, convocada para mostrar que la ciudad no era solo violencia, reunió a alrededor de 20 mil personas, de acuerdo con Quadratín Michoacán. Aun siendo masiva, aquella convocatoria luce menor frente a lo que se vio en 2025.

En Morelia, las grandes marchas magisteriales de la CNTE (como las de 2011 y 2016, previas o en pleno paro, contra la reforma educativa y por pagos pendientes) se movieron en el rango de 10 a 14 mil docentes y simpatizantes, según síntesis retomadas por la UAEM y medios como La Jornada y Proceso. La “Marcha por la familia” de 2016, convocada por el Frente Nacional por la Familia, fue descrita como una movilización de entre 10 y 15 mil personas, de acuerdo con notas de Changoonga y Quadratín.

Más atrás en el tiempo, la conmemoración del 2 de octubre de 2012 reunió a más de 7 mil estudiantes, docentes y padres de familia en la capital, según La Jornada, mientras que las protestas por Ayotzinapa en 2014 movilizaron a cerca de 7 mil personas en Morelia, de acuerdo con Proceso. Incluso expresiones de carácter deportivo, como la movilización de la afición del Monarcas Morelia en 2020 para intentar evitar la salida del equipo, congregaron alrededor de 7 mil aficionados, según crónicas de Debate y otros medios.

En otras palabras: durante 20 años, con base en las estimaciones periodísticas y de organizadores, las marchas más grandes en Michoacán han oscilado, en el mejor de los casos, entre 10 y 20 mil asistentes. La movilización de Uruapan multiplicó varias veces esas cifras.

Solo movilizaciones ocurridas en la Ciudad de México pueden compararse con la de Uruapan si se habla en números absolutos; pero si se analiza a nivel proporcional según el número de habitantes, no se encuentra fácilmente un precedente similar en el país con la información disponible. En promedio, en la capital se calcula que en marchas emblemáticas acude alrededor de 2% de la población. La movilización de Uruapan alcanzó una asistencia entre el 20 y 25%.

Esto significa que, en la Ciudad de México, suele marchar aproximadamente 1 de cada 50 habitantes, mientras que en Uruapan, durante la llamada Marcha del Sombrero, participó cerca de 1 de cada 5 pobladores. Una concentración proporcional de mexicanos de esa magnitud no ocurrió ni siquiera en la Marcha del Silencio convocada en el marco del desafuero de Andrés Manuel López Obrador, donde se alcanzó una cifra histórica, pero muy por debajo de lo que implicaría movilizar casi a un tercio de toda una ciudad.

Si el parámetro se amplía a los grandes mitines políticos de los últimos años, la diferencia se mantiene. El mitin de campaña de Claudia Sheinbaum en el Estadio Morelos, en marzo de 2024, congregó a más de 40 mil personas según crónicas de Los Reporteros MX; cierres de campaña como los de Toño Ixtláhuac en Zitácuaro (con alrededor de 15 mil asistentes, de acuerdo con MiZitácuaro) o el de Macarena Chávez en Pátzcuaro, arropada por más de 10 mil personas según Reflejo de Michoacán.

No es lo mismo una marcha de duelo y protesta como la de Uruapan que un mitin de campaña organizado con estructura partidista, camiones y logística electoral, pero las cifras sirven para dimensionar el tamaño del fenómeno. Todas estas referencias (marchas magisteriales, movilizaciones por la paz, protestas estudiantiles, contingentes por Ayotzinapa, cierres de campaña masivos) se basan en estimaciones de medios, organizadores y autoridades: no son conteos censales, pero sí ofrecen una fotografía razonable de la escala que han tenido las principales manifestaciones en Michoacán. A la luz de ese contexto, la Marcha del Sombrero sobresale no solo por su carga simbólica, sino, sobre todo, por la proporción de población que logró sacar a las calles.

Con estos datos alcanza para dimensionar la enorme popularidad y el poder de convocatoria de Carlos Manzo en la región, así como la contundencia de su influencia política en buena parte de la geografía michoacana, al menos desde la mirada de quienes se reconocieron en su liderazgo.

Los ecos de la Marcha del Sombrero

La manifestación no pasó desapercibida en Palacio Nacional y la situación de Uruapan fue atendida como un tema prioritario en la agenda presidencial; sin embargo, también puso en evidencia uno de los peores males dentro de la cultura mexicana: la falta de prevención.

Soy un ser humano y, pues no te voy a mentir, sí pasó por mi cabeza ese remordimiento de por qué no lo recibí”, le dijo la presidenta Claudia Sheinbaum a Grecia Quiroz, actual alcaldesa de Uruapan, según relató la propia edil durante una conversación con Adela Micha en su espacio digital.

La frase, contada por Quiroz, además de exhibir un gesto de autocrítica, mostró hasta qué punto el caso Manzo y la reacción de Uruapan habían impactado en el círculo más cercano del poder federal.

El eco de la marcha uruapense llegó incluso a cruzarse con la llamada marcha de la generación Z, organizada por sectores conservadores. Para una parte de la opinión pública, esa movilización terminó “colgándose” del símbolo del sombrero y de la fuerza emotiva del movimiento surgido en Uruapan. En redes sociales y en círculos cercanos al propio movimiento se criticó que la marcha de la generación Z intentara apropiarse de la narrativa.

Algunos sectores miraron el duelo como capital político. Para otros, la Marcha del Sombrero fue la expresión genuina de una ciudadanía cansada de la violencia y dispuesta a hacerse escuchar.

En todo este cruce de lecturas, la muerte de Carlos Manzo y la Marcha del Sombrero se han convertido, para buena parte de la población y de la clase política, en un punto de inflexión en la historia de la administración federal y, al mismo tiempo, en la memoria política reciente de Michoacán.

Se trata de una muestra de qué la ciudadanía puede organizarse con rapidamente, apropiarse del espacio público y enviar un mensaje que cruce fronteras municipales, estatales y partidistas.

Lo ocurrido en Uruapan probablemente se seguirá leyendo de forma distinta según el lugar desde donde se mire: como la reacción espontánea ante un crimen atroz, como una prueba del duelo a fuerza colectiva o como un episodio donde el crimen y la política se volvieron a cruzar.

La Marcha del Sombrero quedará en la memoria no solo como una manifestación con una cifra excepcional de asistentes, sino como el momento en que la ciudad salió a rechazar la violencia y marcó un “antes y después” en la historia política de Michoacán.

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